De putas. O de cómo se mueve todo

Vaig escriure aquest text l’Onze de Setembre del 2009, pocs dies després de publicar a El País un reportatge sobre el sexe de pagament que es practicava al Mercat de la Boqueria . Llavors el vaig publicar al bloc “Trastítulo“, que mantenia llavors. El recupero aquí arrel de la revifalla del debat, ocasionada per la publicació d’un reportatge similar avui a El Periódico de Catalunya.

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Entre carcajada y carcajada, coge aire para cuestionar: “¿De verdad que te pagan por contar historias? ¿Y quién paga por las historias?”. Y enseguida vuelve a emerger con desparpajo divertido la blancura de sus dientes entre sus labios negros. Ríe y ríe ante una inverosimilitud que no la cabe en la cabeza. “¿Y mi historia vende?”, curiosea poco después. No lo sabes tú bien, pienso ante esta prostituta que ha pescado un cliente en las Ramblas y le ha seguido hasta las puertas del hotel, que los empleados no le han dejado franquear.

Como a ella no le parece creíble mi oficio, a los hosteleros no les parecía tolerable el de la chica. Y eso que ella lo encuentra natural. Lamentable, sí, eso de ofrecer su cuerpo por dinero. No lo haría si no estuviésemos en crisis, si no tuviese una familia que mantener, si no le negasen los trabajos por negra, si hubiese tenido más suerte en esta Europa que la deslumbró en África… y toda esa retahíla de condicionales justificatorios que recitan ella y muchísimas compañeras suyas. Pero a pesar de todo, o precisamente por todo eso, encuentra natural prostituirse.

Tan natural como lo ven las clásicas y ya raras matronas que se ganan un dinerillo consolando de tanto en tanto a solteros de 30 años, separados de 50 y viudos de 70 “que no quieren tener que casarse para echar un clavo cada diez días”. Estas veteranas de la prostitución en el Raval cuentan cómo ofrecen algo que casi se erige en función social sentadas en los pocos bares que sobrevivieron, en el barrio donde siempre se ha realizado esa función, al arrebato puritano que tuvo el Ayuntamiento socialista hace un lustro. ¿Explotación? La hay, pero no la sufren estas mujeres alegres. Ellas componen una escena impensable para las feministas que, en otros barrios más bienpensantes y en parlamentos a los que las meretrices no obtienen acceso, impulsan estas cruzadas puritanas y defienden a capa y espada su prerrogativa a mantener en un limbo legal el uso libre de su cuerpo que hacen estas prostitutas.

En esos barrios medios y altos y en esos parlamentos parece que se mueven los límites de lo que estamos dispuestos a tolerar los que pertenecemos al vasto grupo de lo que suele llamarse lo “normal”. Fuera de él, es todo lo que se mueve. Bailan todos los criterios. Y en este baile la puta acabo siendo yo. “La puta eres tú, que te vendes”. Así me lo escupe con descaro una y otra vez otra meretriz, harta de que ganemos dinero con sus historias, harta de que le roben fotos, harta de que la graben a la vuelta de su esquina. Y, pensando en algunos encargos a los que me presto, no sé qué responderle.

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