“Mi familia no podrá reunirse ni tras la muerte”

18 de juliol del 2011. 75 anys del cop d’Estat d’alguns militars contra la República. No fou només un cop a la legalitat establerta i legitimada a les urnes. Fou l’inici de la fi de dècades i dècades de desenvolupament cultural. I de lluites i aspiracions de modernització engegades i madurades durant dècades a la Catalunya i l’Espanya contemporànies. Avui, molta gent haurà commemorat el dia amb crides vagues a la convivència i la concòrdia. Però molts dels elements que es van estroncar llavors ho van fer per sempre. I, n’estic convençut, això ens fa viure en un país pitjor que el que podríem haver tingut. El cop va tenir conseqüències irremeiables, doncs, per a la nostra comunitat. Però, el que és més dramàtic, també les tingué en les vides de milers de ciutadans. Sebastià Piera fou un d’ells. És un dels personatges que més m’han impressionat dels que he entrevistat. Per això, aquí reprodueixo l‘entrevista que li vaig fer per a la contraportada del diari El País del 8 de maig del 2009:

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El comensal encañona sobre la mesa. “Te dispararé en el corazón. Para ver tu cara cuando mueras”. “En el primer momento sentí que era el final”. Retira la mano que apuntaba. “Luego volvió esa luz interior”. Una luz que Sebastià Piera no sabe describir, pero que le permitió en 1947 resistir sin delatar a sus compañeros de clandestinidad en el PSUC (el PCE catalán) 30 días de torturas dirigidas por Antonio Creix, el policía “con aspecto de gánster” que persiguió a tantos demócratas antifranquistas y le asomó a él al borde de la muerte.

Lo cuenta frente a un plato de butifarra del Pallars, que Piera ha escogido a conciencia: no muy lejos de esa comarca leridana, en Baldomar, nació él en 1917. Y la siniestra Jefatura de Policía de la Vía Laietana, cercana al restaurante Senyor Parellada donde comemos, no es el lugar más remoto de su pueblo al que le ha llevado su militancia comunista.

Recuerda el hambre que pasó en los bosques de Bielorrusia. Era 1942 y se infiltró en territorio nazi como guerrillero del Ejército Rojo con la misión de matar al mariscal Von Rheitel, secuestrar al jefe de la División Azul y enrarecer el ambiente entre alemanes y españoles -“se despreciaban”, dice-. Antes había llegado hasta Uzbekistán, donde la comida aún se lograba con trueque. Iba al Cáucaso con la orden de volar los pozos de petróleo rusos y dificultar así el avance de los nazis por Asia si superaban Stalingrado.

“He vivido hechos centrales del siglo XX”, sabe Piera, y los narra más que come. Pero también come con gusto, sin régimen, este hombre que a los 91 años mantiene una robustez que le permite recibir un reconocimiento que es póstumo para muchos compañeros. En 1998, Ricard Vinyes biografió su periplo en El soldat de Pandora, traducido al francés pero no al español. Ahora, Piera ha vuelto desde Córcega, donde le llevó el destierro, para participar en un acto del Memorial Democrático catalán en recuerdo del exilio. “La memoria es necesaria”, cree, aunque su vida enseña que hay daños irreparables: “Tengo una hermana enterrada en Francia. Otra, y mis padres, en Chile. Un hermano en Lima. Seguramente, yo moriré en Córcega. Ni muerta, mi familia podrá reunirse”.

Pero Piera no pierde el apetito y ataca una crema catalana mientras explica que Francia también recuerda a los exiliados. Quién se lo hubiese dicho al hombre que las autoridades francesas desterraron en 1951 en la isla donde vive, mirando hacia Barcelona. Y que fue depurado por sus compañeros comunistas, que sospechaban de él tras su fuga de España.

No abandonó el PCE entonces. A punto estuvo cuando los tanques soviéticos aplastaron la Primavera de Praga en 1968. Lo hizo cuando tomó las riendas Julio Anguita, que, dice, “no entendió lo que es Cataluña”. Continúa en Inicitativa per Catalunya. “La igualdad sigue siendo un valor universal”, explica, y le añade la ecología, “de la que antes no teníamos ni idea”. Un ejemplo del aggiornamento del que hace gala este hombre que dice ser “pragmático”.

Por eso, su declaración de principios más tangible está sobre la mesa, en esos platos típicos que disfruta porque le unen a la que considera, aún, su tierra: “Soy feliz cuando vuelvo a Baldomar, a sus árboles, sus fuentes”. Esa idea de volver siempre estuvo en la luz que le daba fuerzas. El retorno nunca fue definitivo.

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